El laberinto de la inercia corporativa
Hello Everyone!! Querido y estimado lector de Obss, acabo de tener oportunidad y el placer de leer el artículo dominical de Oriol Montanyà, que ha despertado en mi raras sensaciones desempolvando recuerdos no muy lejanos.
Montanyà, con su habitual agudeza, desentraña las dinámicas internas de nuestras queridas y a veces desesperantes organizaciones. Su análisis sobre cómo ciertas prácticas inconscientes matan la iniciativa profesional me ha llevado a reflexionar profundamente sobre los retos que enfrentamos en el mundo corporativo.
A continuación, quiero presentaros una versión novelada de su perspicaz artículo, con la esperanza de que nos inspire a reconocer y combatir estos hábitos que, sin darnos cuenta, nos arrastran hacia la mediocridad
En el vasto y monótono paisaje de las empresas modernas, un reino dominado por un mal, tan antiguo como el tiempo mismo: la parálisis de la iniciativa profesional. En este reino, los habitantes han aprendido a navegar las aguas de la indiferencia con la destreza de un corcho. Sí, esos individuos conocidos como “los corchos”, son maestros expertos en flotar sin dejar huella ni producir una sola ola.
El consultor Xavier Marcet, cual profeta en el desierto, nos advierte sobre este mal: “Complicarse la vida es fundamental para la supervivencia digna de las organizaciones. Sin gente dispuesta a complicarse la vida con generosidad, solo queda la decadencia”.
Nuestros amigos los corchos, grandes maestros del arte de la supervivencia superficial, se mantienen a flote con la ligereza del escepticismo y la pasividad.
Nada, ni el cambio más drástico en el reino, logran descolocarlos. Son los reyes de la indiferencia, inalterables y, sobre todo, prolíficos. Porque el verdadero peligro no es su existencia, sino su capacidad para multiplicarse. El virus de la comodidad individual se propaga sin freno, amenazando con ahogar cualquier vestigio de esfuerzo colectivo, porque contagian su actitud a los demás.
Pero, como en toda gran paradoja, las organizaciones mismas son las artífices de su propia ruina. Implementan hábitos tan inconscientes como devastadores, que fomentan la proliferación de los corchos.
Liderazgos impulsivos, radioactivos, desgastan actitudes vitales como la iniciativa, la proactividad y la motivación.
El primer hábito, tan común como letal, es el de sobresaturar la acción. En este reino del caos, las tareas no se asignan a quien debe hacerlas, sino a quien puede sacarlas adelante con mayor solvencia. Los más competentes, aquellos que brillan en su labor, ven cómo sus mochilas de tareas se llenan hasta reventar. Mientras tanto, los más discretos e ineficientes flotan en una nube de ingravidez, siempre con la misma excusa en los labios: “Voy muy liado”.
El segundo hábito es la penalización de la acción. En este juego macabro, las reprimendas caen sobre quienes hacen cosas y, por tanto, cometen errores. Se instala así una tolerancia tácita hacia los inactivos, aquellos que no arriesgan ni toman la iniciativa. El reino se convierte en un gigantesco tablero del juego del topo, donde solo reciben martillazos los que asoman la cabeza.
El tercer hábito, la burocratización de la acción, es quizás el más cruel. Las organizaciones matan la ilusión a base de trámites estériles. Las almas dinámicas que quieren emprender una idea deben rellenar formularios infinitos, completar excels sin fin, enviar correos a Fulanito y poner en copia a Menganito, organizar reuniones eternas, solicitar autorizaciones interminables y generar carpetas compartidas hasta el hastío. Como en una versión corporativa de “Juego de Tronos”, solo puede innovar quien tiene el coraje de escalar un muro impenetrable de burocracia interna.
Sobresaturar, penalizar y burocratizar son las tres plagas que desincentivan la acción en el reino. Combatirlas requiere fuerzas contrarias: un reparto equitativo del trabajo, una cultura que premiara la iniciativa y una organización altamente eficiente. Porque un reino compuesto solo de corchos puede que flote, sí, pero jamás avanzará.
Ante la duda, acción. Las empresas exitosas saben generar culturas que potencian la iniciativa de las personas. Son organizaciones que adoptan el lema del escritor Alejandro Jodorowsky: “Cuando dudes entre hacer y no hacer, escoge siempre hacer”. Pero, en este reino, ante el dilema de Jodorowsky, la respuesta suele ser: “Aquí, mejor estar quieto y callado”.
Y así, mientras los corchos sigan flotando en su mar de complacencia, el reino se deslizará lentamente hacia el abismo de la irrelevancia, donde la única constante es la quietud y el silencio.
Nos vemos en la Redes!!